EL ENCUENTRO CON RIBEYRO - Julio Ramón Ribeyro

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EL ENCUENTRO CON RIBEYRO




No es fácil tratar de explicarle a alguien a quien nunca le ha pasado qué sucede en tu cerebro y en tu vida cuando un autor “nuevo” entra. De forma general se podría decir que ese autor se apodera de todo, se hace dueño de tu tiempo, de tus pensamientos, de tus ahorros, porque quieres comprarlo todo, lo que ha publicado y lo que no.

Y ahora voy con un ejemplo reciente. Tan cercano como que me ha acontecido este verano que está por acabar, en Barcelona, mi ciudad. Fue durante uno de mis cafés con escritores, con Juan Manuel Chávez, peruano y por consiguiente buen conocedor de la obra de Ribeyro, me habló del autor. Aquí en España en el colegio leemos a Cervantes, a Miguel Delibes, a Ana María Matute, pero de Ribeyro ni rastro, le dije, no sabemos quién es. Curiosa como soy le pedí a Juanma que me hablara más del autor y me contó que era uno de sus escritores de cabecera, que le gustaba tanto que había recorrido las principales librerías de Barcelona buscando sus obras y que cuando las encontraba las ponía en una estantería en un lugar más visible, mostrando la portada con la esperanza de que alguien como yo, que no sabía quién era, cogiera ese libro, leyera la contraportada y decidiera llevárselo a casa. Que lo hacía por el gusto de ganarle adeptos a Ribeyro. Fue así como entré en Prosas apátridas, un libro extraño, entre la prosa, el aforismo y todo lo demás; unas prosas que no corresponden a ningún género y que te hace entrar en el mundo del pensamiento riberyano de una manera veloz y una vez dentro ya estás atrapado. El mismo autor dijo sobre ellas: “Sin patria literaria... ningún género quiso hacerse cargo de ellos... Fue entonces cuando se me ocurrió reunirlos y dotarlos de un espacio común, donde pudieran sentirse acompañados y librarse de la soledad”.

Ribeyro nos presenta a través de ellas su pensamiento, sus observaciones finísimas y sus reflexiones sobre escenas de la vida de una forma en que se va representando a él mismo, sin darse cuenta, pero fue a través de estas prosas improvisadas sobre temas que podrían parecer intrascendentes donde se fue haciendo su mejor autorretrato.

Su indagación en la vida, en la literatura, en los espacios de reflexión que crea esta, parecen constantes de su recorrido. Investigando al autor encontré una frase que dijo hacia el final de un discurso. Un discurso en el que había intentado huir del academicismo, algo que le espantaba, porque él quería acercarse a las personas con un lenguaje sencillo; no pensaba que hiciera falta añadir más para construir espacios literarios. En el discurso utilizó una frase que hace referencia a un pintor japonés Hokusai, que murió nonagenario, después de haber pintado o dibujado 5.000 cuadros, y que dijo: «Quisiera vivir 10 años más para saber lo que es una línea». Así, yo quisiera vivir, 10 o 15 años más para saber lo que es la literatura, concluyó Ribeyro. Así, descubriendo a Ribeyro, me fui sintiendo inmersa cada vez más por este hombre flaquito que fumaba mucho, que observaba desde el anonimato, que pasaba sin molestar por los cafés, pero que se empapaba de todo. 

Solo Ribeyro pudo decirlo así. Porque con esta esperanza es con la que nos levantamos cada día los escritores, con la de que nuestro libro llegue a una orilla en la que alguien estuviera esperando, sin saberlo, que precisamente ese libro cayera en sus manos. Ahí está el misterio de la proximidad en la literatura.


Un poco del maravilloso homenaje de Sonia Rico Trujillo incluido en el libro Ribeyro: Testimonios, ensayos, entrevistas, en el cual abunda la información del Flaco y desborda la nostalgia al recordar al más grande de los cuentistas latinoamericanos.