Al pie del acantilado - Julio Ramón Ribeyro (reseña y cuento)

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Don Leandro y sus dos hijos se establecen al fondo del barranco, en los viejos baños de Magdalena. Allí encuentran la higuerilla, una recia planta capaz de brotar en las condiciones más adversas, y allí erigen su casa. Van limpiando la playa para sacar algo de dinero con los bañistas en verano, y Pepe, el mayor, muere sacando hierros del mar. Sobre ellos se va formando una barriada, hasta que un día llegan los hombres de la municipalidad y les echan, destruyen sus casas con las máquinas hasta llegar al fondo del barranco, a casa de Don Leandro. Éste emprende la marcha sin separarse del mar y le alcanza su hijo Toribio, que ya es un hombre. Descubren otra higuerilla y allí comienzan a edificar de nuevo su hogar.


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José Miguel Oviedo califica este volumen de cuentos como un intento de “tríptico narrativo” determinado por las tres regiones del país (la costa, la sierra y la selva) y a este primer relato como “un testimonio muy considerable de la madurez literaria de Ribeyro, de su conocimiento de la realidad peruana, de su compromiso intelectual y su intuición creadora”.


Es un cuento atípico en la trayectoria ribeyriana, por su larga extensión (nótese que Ribeyro titula este volumen “historias”, no “cuentos”), y porque es un personaje de empeño continuado en labrar su propio destino. Peter Elmore destaca el hecho de que el narrador-protagonista “no se ajusta al estereotipo folletinesco de la víctima desvalida e ingenua: aunque desalojado de su precaria vivienda y herido por la pérdida de su hijo mayor, Leandro no existe como objeto de privaciones y desventuras, sino como sujeto de proyectos y quehaceres”.


Según el propio Julio Ramón Ribeyro, “Tres historias sublevantes tiene cuentos en los que los hombres comienzan a luchar, pero es una lucha que pierden”. La lucha del personaje queda irremediablemente ligada a su fracaso. Desde el punto de vista de la trama exterior el cuento termina en fracaso (a Leandro le han echado de una casa y de un modo de vida que le costó años y penurias construir), pero si atendemos a la trama interior no hay fracaso absoluto (y esto es extraordinario en la estética de Ribeyro). El autor salva a Don Leandro y en la última escena lo vemos protagonizando un nuevo comienzo. Sin embargo, el cuento sí ha mostrado (en unidad con el resto), que los esfuerzos del personaje por transformar su destino no han dado el fruto esperado, pues la realidad se le impone cruelmente (el hijo muere, el amigo es detenido, la casa finalmente destruida, la partida forzada).


El narrador en primera persona del singular permite una rápida empatía con el personaje; se trata de un narrador-protagonista. Al comienzo del relato utiliza la primera persona del plural: “Nosotros somos”, “nosotros la encontramos”.


Ese plural no engloba sólo a Don Leandro y sus dos hijos, sino que amplía el espectro a un grupo más amplio: los marginados, los olvidados, ese grupo que efectivamente después en el relato se les va a unir a Leandro y a su familia, y que será paulatinamente arrinconado y expulsado.
 

El lugar adquiere en este relato una significación esencial. Don Leandro y sus hijos se instalan “al fondo del barranco”.  
“Veníamos huyendo de la ciudad como bandidos porque los escribanos y los policías nos habían echado de quinta en quinta y de corralón en corralón”. Este relato es la historia de un exilio, interior por la marginalidad, pero que tiene su correlato en el lugar externo: de quinta en quinta, de corralón en corralón, hasta ser expulsados de la ciudad y acabar en el fondo del barranco. El lugar externo como símbolo del lugar interior.



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