Ribeyro, el temperamento como género literario - Cristian Crusat

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JULIO RAMÓN RIBEYRO 
El temperamento como género literario 


Julio Ramón Ribeyro es un hombre que está en un balcón. Este hombre trabaja como redactor y traductor de noticias en la agencia France-Presse. El balcón cuelga anónimamente sobre una plaza parisiense, la place Falguière, un anodino lugar de paso desde el que se divisa –más allá de los tejados de pizarra y el parpadeante letrero de un bureau tabac– la arrogante torre Montparnasse. Delgado, huraño y taciturno, Ribeyro se asoma a la calle para fumar un cigarrillo y prestar un poco de atención. Resulta fácil imaginárselo; apareció fotografiado de este modo en varias ocasiones, especialmente durante la década de los setenta. La mirada es la misma mirada autoabsorta de alguien que pela un melocotón o aguarda a que le entreguen la factura en una triste recepción de hotel. Al fondo se desploma el cielo de París, inerte, semejante a un vientre cárdeno, extenuado, femenino y terrible, tan húmedo como el de la Lima de la niñez de Ribeyro, una ciudad bajo cuya niebla fondea a menudo una luz genuinamente submarina y a la que, por cierto, este hombre siempre quiso volver. Tras la mirada ausente, el perfil aguileño y una breve mueca de hastío, se amadriga la desesperada voluntad de redención de Ribeyro, la cual fue diseminando –noche tras noche, texto a texto– por las entradas de su diario, por los centenares de páginas de sus novelas, de sus apuntes y ensayos, de sus cuentos. Es habitual que las historias de Ribeyro graviten sobre una decepción. Las encarnan, en consecuencia, personajes defraudados en un mundo desalmado. Pero su natural pesimismo no responde a una inclinación personal o a una constelación de hechos psicológicos o biográficos, sino a una impávida manera de conducirse dignamente ante la realidad del sufrimiento. Esto lo dijo Luis Loayza, para quien la obra de Ribeyro queda como testimonio de lo que podían hacer en la literatura peruana del siglo XX, desde el diáfano balcón de su sensibilidad, una clara inteligencia y un corazón en su sitio. 


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Julio Ramón Ribeyro nació el 31 de agosto de 1929 en Lima (Perú), en el barrio de Santa Beatriz. Cursó estudios en los colegios Montessori y Champagnat, en cuyo equipo de fútbol jugó de dizque centroforward. Practicó la natación en el mar hasta que pudo, incluso cuando su torso –tras numerosas intervenciones quirúrgicas– parecía uno de esos desnudos mapas físicos donde los escolares borronean los nombres de ríos y montes, un amasijo de costurones. Sus recuerdos de infancia transcurrían preferentemente en el barrio limeño de Miraflores. Allí, la acomodada familia residió en una encantadora casita rodeada por un frondoso jardín lleno de frutales. Cercaban ese territorio mítico corralones, potreros, cines de barrio, Chevrolets azules, desfiladeros, playas desiertas y avenidas con ficus y eucaliptos, plantados tal vez desde antes de la guerra con Chile. El antepasado más antiguo del que Ribeyro tenía noticia era un gallego llamado Melchor Ribeyro, quien había embarcado rumbo a Perú a finales del xviii. Abrió una librería de viejo en el centro de Lima y se casó con una dama decente pero sin fortuna. En el texto «Ancestros», hipotético primer capítulo de su autobiografía, Ribeyro repasa esta estirpe, integrada en lo fundamental por jurisprudentes, rectores universitarios e imaginativos buscavidas. Daniel Titinger ha escrito recientemente una magnífica, dislocada biografía de Ribeyro –Un hombre flaco– en la que dibuja de la siguiente manera el estatus familiar: «Los Ribeyro eran una familia con dinero. El padre, Julio Ramón, trabajaba en la Casa Ferreyros, que era de unos familiares suyos, una importadora que además era representante de Caterpillar Tractor Co. en el Perú. Tenían un Ford negro del 38, un chófer que se apellidaba Rosas, un jardinero, y los cuatro hijos iban a buenos colegios en Miraflores». El padre de Julio Ramón Ribeyro fue un hombre culto y francófilo, dueño asimismo de una nutrida biblioteca, uno de esos padres que daban palizas y a continuación se encerraban en su gabinete. A través de él se interesó por los libros y la lectura el jovencísimo, frágil, tímido, solitario Ribeyro. Pero la muerte del padre de Julio Ramón conllevó la ruina económica de la familia, al tiempo que alojaba en el ánimo del escritor un agudo e inconsolable sentimiento de orfandad. 


Con gran pesar entre sus allegados, Ribeyro se matriculó en la Facultad de Letras de la Universidad Católica. Desechaba así la carrera de abogado, a la que parecía predestinado por apellido. Los gallinazos sin plumas, su primer libro de relatos, vio la luz en 1955. Para entonces, Ribeyro ya no vivía en Perú. Fue desde el principio una figura ausente, un extraño satélite en órbita alrededor de esa generación que, desde los años 50, introdujo nuevas preocupaciones, nuevas tradiciones en la narrativa peruana. Publicaban sus primeros libros por aquellos años Enrique Congrains, Oswaldo Reynoso, Sebastián Salazar Bondy, Eleodoro Vargas Vicuña, Mario Vargas Llosa. Esta nueva generación, según Ángel Esteban, dirige su mirada hacia la ciudad –hacia su vertiginoso reino de posibilidades– y da cuenta de las consecuencias inmediatas que entrañará la modernización en las estructuras sociales del Perú: grandes masas campesinas emigran hacia las zonas urbanas, una nueva clase media emerge y, en materia literaria, cristaliza una suerte de identidad nacional que, tras la época de los ismos, incorpora el indigenismo como un estado de ánimo y de conciencia del nuevo Perú. Fue José Carlos Mariátegui quien profundizó en esta última tendencia crítica: mientras la estética vanguardista se había traducido en Europa, grosso modo, en una voluntad destructora de la identidad anterior, en un país como Perú tal espíritu debía iniciar, a priori, un proceso de humanización social y política, es decir, debía crear las condiciones necesarias para la construcción de su primera identidad, tanto nacional como artística. 


En ese contexto se desarrolla la labor literaria de Julio Ramón Ribeyro, un claro ejemplo de que carácter es destino y también es literatura. Toda la vida se consideró a sí mismo un escéptico. Ribeyro se dedicaba a inventariar enigmas, a levantar en cada texto un íntimo catastro de vacilaciones. Su sensibilidad literaria era el necesario apéndice de una mirada a través de la que, invariablemente, el mundo se reflejaba mezquino, sórdido, deleznable, ridículo y cruel. Si carácter es destino, temperamento es, sin ninguna duda, género literario: «Se es cuentista por temperamento –dijo–. Es una manera de ver el mundo». A nadie se le oculta que tras esos personajes tristes, alienados, intrascendentes, pasivos, reservados, mediocres –seres humanos «excluidos del festín de la vida», en definitiva– se agazapa alguno de los recurrentes estados de ánimo de Ribeyro, del desarraIgado Julio Ramón Ribeyro, traductor en la France-Presse; más tarde agregado cultural en la embajada peruana en París; delegado y representante peruano, por último, en la unesco (puestos –estos dos últimos– políticamente muy incómodos durante un buen tiempo, aunque propicios a la buena organización del tiempo de escritura). Días grises, años grises, el número 15 de la rue de la Harpe, vinos Saint-Émilion en La Coupole o La Rotonde, mudanzas, cafés en el Old Navy, úlceras, cartas a su hermano Juan Antonio, el estudio de la rue Saint-Séverin, crisis, periodos de hermetismo, vacaciones en Capri, compatriotas a la salida de una parada de metro, la cinemateca en la rue d’Ulm, partidas de ajedrez, peones árabes y portugueses cruzando el asfalto de la place Falguière, un matrimonio, un hijo, pasillos de hospital, un cáncer de esófago, la casa junto al parc Monceau; y la perspectiva del regreso a Perú, siempre, a Lima, la ciudad donde germina gran parte de la literatura de Ribeyro. A menudo su enjuta figura convoca el recuerdo de una de esas proverbiales personalidades saturninas, esos seres melancólicos sujetos a euforias y depresiones igualmente violentas, a la influencia del planeta más hostil, frío y batido por los vientos. Vana ilusión de un orden en París, de alguna forma de sentido o de compañía: «Sé por experiencia que no puedo soportar la presencia de una persona más de tres horas», anotó en su diario en 1955. Y pese a todas sus perplejidades y retraimientos, Ribeyro se ha convertido con el andar del tiempo en un auténtico emblema de la literatura de poder (ese sistema de conocimiento al que se accede, según Thomas De Quincey, únicamente por medio del placer y de la simpatía), en un maestro, en un eficaz cobijo para nuestro desconcierto. 


Sucede que para los protagonistas de las historias de Julio Ramón Ribeyro la personalidad –si nos atrevemos a glosar un verso del poeta Michael Hamburger– es una distracción, un lujo que a menudo se encuentra más allá de sus posibilidades. En efecto, abundan en la obra de Ribeyro ciertos personajes que, tras una negociación infructuosa con la realidad, aceptan sin rechistar su fracaso, acarreándolo con ellos por doquier. Por esta razón afirmó Efraín Kristal que los narradores de los cuentos de Ribeyro se definen por elaborar numerosas y decisivas reflexiones acerca de sus interioridades, pues ayudan a entender el mundo del propio narrador mucho más que el de los personajes implicados en la trama. He ahí la raíz del escepticismo ribeyriano: el afán de observar, de entender, de rastrear una emoción que, a fin de cuentas, no resuelve ninguna incertidumbre ni tampoco genera conocimiento. 


Como él mismo reconoció, sus cuentos se agrupan por familias de preocupaciones. Esencialmente encontramos en su obra cuentos realistas; cuentos fantásticos; cuentos que él mismo denominó «evocativos, autobiográficos», los cuales suelen transcurrir en algún escenario de la Lima de mediados del siglo xx; y, por último, cuentos «europeos», tras los que se oculta un autorretrato afiligranado, una proyección del propio Ribeyro en su dilatado periplo por el Viejo Continente. En efecto, Julio Ramón Ribeyro partió a Europa en 1952, cuando, tras terminar sus estudios universitarios en Lima, pudo viajar a Madrid gracias a una beca concedida por el Instituto de Cultura Hispánica. Necesitaba cambiar de panorama, traicionar su hado, atreverse –como gritó Nietzsche– a ser quien era. «Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea», había escrito el 3 de junio de 1950. Llevaba noventa dólares en el bolsillo. Desde España enviaba a su hermano Juan Antonio los cuentos que iba escribiendo, de suerte que éste los pudiera presentar a los certámenes literarios de Perú. Luego se marchó a Munich, en Alemania, y también a Berlín, Hamburgo y Fráncfort. Y a la ciudad belga de Amberes, donde residió hasta que tomó la determinación de establecerse definitivamente en París. En la capital francesa dio continuidad a sus hábitos noctámbulos, desempeñando primero trabajos subalternos, desagradecidos y muy físicos –portero de hotel, recogedor de periódicos usados, cargador de paquetes en las estaciones–, empleos tras los que acababa con el cuerpo derrengado y moralmente abatido ante la máquina de escribir. Se trasplantaba de una habitación de alquiler a otra, toda vez que solamente llevaba consigo una maleta con libros, un tocadiscos portátil y la máquina de escribir. Vivió emancipado del sentido de la propiedad, de la profesión, de la familia. Ocupó habitaciones hostiles e impersonales; lúgubres cuartos que quedan como caparazones huecos tras la marcha del huésped. Regresó a Perú y vivió una breve época entre Lima y Ayacucho. «Retrospectivamente –afirmó–,T me doy cuenta de que, al cabo de ese tiempo, tuve el temor de regresar al Perú para asumir una responsabilidad, insertarme en un medio social y desempeñar una función determinada. Preferí seguir en la situación del estudiante extranjero, lo cual me daba mayor libertad e independencia y, sobre todo, me eximía de aquellas responsabilidades». Gracias a la intermediación de Loayza y Vargas Llosa –quien había llegado a París un poco más tarde que él- empezó a trabajar en la France-Presse. En esta agencia parisiense pasó doce años, «duros y enojosos». Al arreglar sus papeles para la jubilación, mucho tiempo después, Ribeyro encontraría una amonestación oficial que resume el estado de aburrimiento y embrutecido desinterés en el que le sumía este trabajo: «Los deberes del periodista son incompatibles con la lectura en horas de oficina de En busca del tiempo perdido». Cada una de estas urbes –Madrid, Amberes, París…–, cada una de estas etapas en la vida de Ribeyro quedaron consignadas de manera minuciosa y a veces lacerante en el diario del autor, que abarca desde 1950 hasta 1978 y se titula, muy elocuente y ribeyrianamente, La tentación del fracaso. El diario está trufado de pasajes de carácter puramente narrativo y de pequeños episodios que conforman elusivos relatos europeos. La descripción de alguno de sus proyectos literarios da paso a menudo, sin solución de continuidad, al examen de cualquier temor, presagio o correría: «Ahora estuve bailando en una cave de Amberes, cerca de Venusstraat […]. A la media hora me escapé avergonzado por mi falta de inocencia». Abundan, asimismo, comentarios y apuntes a vuelapluma semejantes a aquellos que formarían parte, años después, de un libro lucidísimo, implacable y legendario: Prosas apátridas, publicado en 1975 por la editorial Tusquets (y cuyas galeradas, afirma el mito, le fueron entregadas a Ribeyro en París, personalmente, por un joven Enrique Vila-Matas). Estas prosas constituyen un valioso manual de filosofía práctica, fragmentaria y portátil, amén del original cruce al que habrían dado lugar los poemas en prosa de Baudelaire y las acidísimas cavilaciones de Cioran. Un libro único que encarna el presente absoluto de la inteligencia de Ribeyro, flâneur nocturno e infatigable; un artefacto literario surgido directamente de la vivencia de la ciudad de París y del enjambre de pulsiones que zarandeaban el ánimo del autor. 


Ribeyro fue sin duda un diarista excepcional, así como un fervoroso lector de este género, entre cuyas realizaciones predilectas se contaban los diarios de Amiel, Chateaubriand, Saint-Simon, Casanova, Jünger y Kafka. También cobramos conciencia en las páginas de su diario del rendido interés de Ribeyro por los libros de historia, en especial por la obra de Michelet, Tácito, Toynbee o Gibbon, aunque fue la extensa tradición de los moralistas franceses la que, efectivamente, forjó algunos de los mejores párrafos de la obra de Ribeyro: esa tradición de libros heterodoxos y aparentemente descabezados –basados en máximas, reflexiones o aforismos– que comprende desde los ensayos de Montaigne a los cuadernos de Valéry. Por lo demás, incursionó en el ensayo y el artículo críticos, actividad que fructificó en el conjunto La caza sutil, publicado en 1975. Es en verdad la obra de Ribeyro un continuum en el que las fronteras entre géneros literarios son particularmente frágiles, dúctiles; catalogar un texto de una manera u otra responde a un asunto circunstancial, a cualquiera de las fluctuantes irisaciones del ánimo. Su latido literario –«Yo no tengo un estilo: tengo sólo una tonada»– es fácilmente reconocible. «Lo importante –afirmó– no es ser cuentista, novelista, ensayista o dramaturgo, sino simplemente escritor». 


Ribeyro escribió tres novelas. En parte, quizá, porque era lo que se esperaba de él. O porque era lo que se esperaba de cualquier escritor hispanoamericano de su época. O tal vez porque era la única contraseña que admitía la comunidad lectora atenta al fenómeno del boom. Crónica de San Gabriel, novela publicada en 1960, fue definida por Washington Delgado como la liquidación de la novela épica agraria. Construida a partir de una estructura aparentemente tradicional (carente de juegos y vaivenes temporales y de otros artificios), Crónica de San Gabriel está recorrida por notas arcaizantes que remiten deliberadamente a la novela del xix y homenajean a algunos de los autores preferidos de Ribeyro (Chéjov, Maupassant, Poe, Balzac, Cervantes). Es, en suma, una novela erguida sobre la sólida peana constituida por una sucesión de capítulos breves, rotulados mediante un título y concluidos sorpresivamente para reanimar el interés del lector. La modernidad, sin embargo, está en otro sitio, como señaló Loayza: en la meditación sobre el medio social y político, además de su sagaz punto de vista. Aún publicó otras dos novelas: Los geniecillos dominicales (1965), de tema netamente urbano, cuyos personajes discurren por el angosto mundo pequeñoburgués; y Cambio de guardia, que carga las tintas contra la corrupción política. Él mismo, cuando ya había escrito estas novelas, era consciente de los problemas del novelista de su época: mientras las ciencias sociales acaparaban y reivindicaban la transmisión del saber y de lo novedoso, la historia banalizada expropiaba los tesoros del pasado y el periodismo de actualidad, el mero presente. ¿Qué le queda al novelista?, se pregunta en un artículo Ribeyro. Le queda el lenguaje, le queda la fantasía, la libertad de composición; le queda el carácter no inmediatamente utilitario de su quehacer, le queda tal vez la insatisfacción. 


Violencia, injusticia, quiebra moral y económica, indefensión, el sufrimiento de los peones, la desdicha de los amos, la fatal incomunicación entre clases y razas, entre iguales, el deterioro de la vida, amores decepcionados… Los temas y personajes de la novelística de Ribeyro no se distinguen en realidad de los de sus cuentos, caracterizados estilísticamente por la sobriedad y la cadencia de su prosa, la adjetivación precisa, el ritmo fluido y apretado o la sabia dosificación de los elementos simbólicos. En mi caso, vuelvo a algunos de sus relatos como a la vieja cabaña construida en la adolescencia, todos ellos timbrados por un mismo sello de cierre: la fecha y el lugar en el que se escribieron, siempre tras el punto final, como un fugaz testimonio autobiográfico (escribir es recordar quiénes éramos en el tiempo en que escribíamos). Vuelvo a «Al pie del acantilado», una emotiva y tristísima historia de acantilados, marginación y sal (incluida en el libro Tres historias sublevantes y cuya escritura está fechada en Huamanga en 1959); a «Doblaje», una obra maestra del tema del doble, a la altura de los textos canónicos de Chamisso, Cortázar, Poe o Hoffmann (que data de 1955, en París, y está incluida en Cuentos de circunstancias); a «Por las azoteas», una subversiva y libérrima exploración por las entrañas del pensamiento firmada en 1958, en Berlín (incluida en Las botellas y los hombres); a «Sólo para fumadores», donde la historia de la literatura se convierte en la volátil historia del humo del penúltimo cigarrillo (incluida en Sólo para fumadores)… La escritura de Ribeyro, parafraseando a Vila-Matas, es una casa para siempre. Sus personajes son como nosotros, luchan contra los mismos obstáculos y quedan paralizados por idénticas perplejidades. Al final, Julio Ramón Ribeyro reunió su obra cuentística bajo el título de La palabra del mudo. Mudo el autor de los textos y mudos sus personajes: los bobos, los estafados, los locos, los tipos raros, los desubicados, los enamorados, los absortos, los saldos de la especie humana, marginados todos ellos de alguna u otra manera o refractarios a lo consabido: «Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas». En su momento, Frank O’Connor aseguró que en el cuento moderno la voz solitaria que está gritando es la de la Población Sumergida. Difícil hallar un mejor ejemplo para tal aseveración que la obra cuentística de Ribeyro, el autor que amplificó la voz de su particular Población Sumergida: la Población Muda. 


Esclavos del destino, los personajes de Ribeyro personifican el sujeto tal y como Alain Badiou lo describe en su libro La ética: al encontrarse ante el acontecimiento decisivo que cambiará sus vidas, no pueden hacer nada más que cargar con él. El destino es aquello que no se puede rechazar, pues por esa misma razón es el destino. Es el instante en que realmente uno se convierte en Sujeto en el pleno sentido de la palabra, como en las tragedias griegas: alguien que se somete (sub-jacere en latín) y, paradójicamente, mediante ese acto, afirma su modesta soberanía. Es el mudo que no se aparta del punto de articulación en su historia, sino que acarrea con él, con plena responsabilidad y conciencia de que el encuentro con el propio destino puede significar una catástrofe. El resto, entonces, es ya literatura y temperamento. 


Cuento, novela, diario, ensayos, apuntes de una filosofía práctica e inclemente y, asimismo, teatro: Ribeyro compuso una decena de piezas dramáticas, por una de las cuales recibió el Premio Nacional de Teatro de Perú. Ribeyro saltó de un género a otro de forma caprichosa y voluble, en congruencia con sus hábitos de escritura, que comparó en uno de los fragmentos de su diario con los juegos de su hijo. Esto es, la literatura como prolongación de la infancia: la misma insatisfacción, el mismo aburrimiento, el mismo deseo de cederle la palabra al otro o a los otros que hay en nosotros mismos. La misma soledad. A lo largo de La tentación del fracaso abundó Ribeyro en sus manías, en sus angustias, en su particular manera de entrar en el mood creador que, palabra a palabra y voluta a voluta, definiría el género al que lo redactado, a menudo en horas nocturnas, debería adscribirse más tarde. «Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa». La pluralidad de rubros en el seno de la obra de Ribeyro es natural consecuencia de una constante y permanente vocación literaria. Por eso llegó a afirmar que vivía «con la literatura», una aclaración sutil pero decisiva. Mientras los que viven de la literatura son los que fabrican libros –y, a través de ella, buscan dinero, consideración o poder–, los que viven para la literatura son quienes encuentran en la creación el fin supremo, de modo que la vida se convierte en un simple medio para tal fin. Entre unos y otros se encuentran los que viven con la literatura, a semejanza de Julio Ramón Ribeyro, aquellos para quienes la literatura no es ni totalmente un medio ni totalmente un fin, sino más bien una compañía, una presencia continua a lo largo de la vida. O una permanente excusa: «A veces pienso que la literatura es para mí sólo una coartada de la que me valgo para librarme del proceso de la vida». 


Como dejó escrito Diego Zúñiga, a partir de cierto momento la vida de Ribeyro, el temperamento de Ribeyro, se confunde con las historias que el autor entrega en sus libros. Paradójicamente, el más discreto de los escritores se convirtió en el más célebre. Empezó a ser objeto de ediciones conmemorativas en su país, de ediciones populares, a figurar en los manuales, a llenar los salones en los que impartía una conferencia o presentaba un nuevo libro. Sus visitas a Perú se anunciaban a bombo y platillo y él se veía en la obligación de atender a los periodistas, o de mentirles y evitarlos. Llegaron a asediarlo como a una estrella de rock. Orillado por el fenómeno editorial del boom, acabó convertido, por alguna suerte de error o de milagro, en un escritor consagrado, querido, admirado, incontournable. Le concedieron en 1994 el Premio Juan Rulfo. De repente, se vio confinado en un estrecho panteón, junto al Inca Garcilaso de la Vega y José María Arguedas. Él, el tímido, el enclenque, el mudo, el flaco, el hermético, el atractor de grillados, de absurdos equívocos, de adversidades ridículas, de azares lamentables: «A mí los tullidos, los tarados, los pordioseros y los parias. Ellos vienen naturalmente a mí sin que tenga necesidad de convocarlos. Me basta subir a un vagón de metro para que, en cada estación, de uno en uno, suban a su vez y vayan cercándome hasta convertirme en algo así como el monarca siniestro de una Corte de los Milagros». Sólo a Ribeyro pudieron ocurrirle infortunios editoriales tan extravagantes como los que atañeron a la publicación de sus obras Los geniecillos dominicales o Los gallinazos sin plumas: si la primera de ellas se editó pésima y repudiablemente, plagada de erratas, omitiendo un cuadernillo de ocho páginas hacia el final de la obra, lo cual volvió la novela absolutamente incomprensible, la edición traducida al francés del segundo título, a cargo de Gallimard, colocó en la solapa del libro la fotografía de un escritor africano con idéntico apellido. Por lo visto, este último episodio lo colmó de vergüenza y Ribeyro se escondió en su casa durante horas.


Algunas de las últimas fotos de este hombre fueron tomadas también en balcones y terrazas, aunque en este caso del barrio de Barranco, en Lima. Posaba resignadamente alegre y enjuto, en camisa (la gabardina ya no era necesaria), frente al mar, siempre el mar. Había llevado a término, de forma aproximada, su viejo anhelo, como escribió en una entrada de 1974 de La tentación del fracaso: «Proyecto –o menos que proyecto, anhelo, sueño– de tener una casa en el malecón de Miraflores, frente al mar, donde pueda pasar tardes tranquilas, interminables, mirando el poniente, pensando, escribiendo si me provoca, tal vez con uno o dos amigos, buenos discos, un buen vino, mi pequeña familia, un gato y la esperanza de sufrir poco». Eran los turbulentos años noventa peruanos (de los que se supone que también hay páginas del diario personal de Ribeyro, inéditas todavía). Se había dejado crecer un espeso bigote, tal vez para disimular su prognatismo. Alternaba feliz con escritores y amigos más jóvenes. Montaba en bicicleta. Llegó a cantar boleros en algún anónimo karaoke limeño. Julio Ramón Ribeyro murió en Lima el 4 de diciembre de 1994. Tenía 65 años. La muerte resultó ser como la rúbrica de todos sus cuentos: una fecha, un lugar, el extraño consuelo de la vana perfección.

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