Las discusiones - Julio Ramón Ribeyro (ensayo) - Julio Ramón Ribeyro

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Las discusiones - Julio Ramón Ribeyro (ensayo)



LAS DISCUSIONES

JULIO RAMÓN RIBEYRO


La discusión continúa siendo uno de los ejercicios mentales más inútiles de cuantos existen, Citar en su apoyo el viejo proverbio "de la discusión sale la luz" es contentarse con una idea recibida y revela un desconocimiento vergonzoso de la naturaleza humana. A pesar de esto, la discusión es uno de los entretenimientos favoritos del hombre. Cuando dos o tres personas se reúnen para conversar, lo que en realidad hacen es discutir, porque de lo contrario se aburrirían. El cambio de opiniones con que se inicia una charla es solo la escaramuza de un conflicto que se avecina, pues para discutir, fatalmente, no es necesario tener ideas. Basta tener ganas de discutir, lo cual es tan natural como tener ganas de vivir.


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La discusión, además de un entretenimiento, es una nota definitoria del hombre, un elemento constitutivo de su humanidad. "El hombre es un animal que discute" podría ser una definición tal vez un poco exagerada, pero no menos legítima que muchas otras Incluso es más exacta que definir al hombre por el pensamiento o por el lenguaje. Las investigaciones científicas revelan un pensamiento rudimentario en ciertas especies animales y un lenguaje organizado en otras, de donde se desprende que estas facultades no son privativas del hombre. Pero lo que sí pertenece a él de una manera ancestral e intransferible es la facultad de discutir Es concebible que las hormigas o las abejas cambien saludos y hagan pacíficas tertulias sobre el clima o sobre las flores, pero no es admisible, en cambio, que se pongan a discutir, porque sobrevendría la más grande desorganización en sus respectivos reinos y se expondrían a ser exterminadas. Y si nos trasladamos a la esfera de los seres sobrenaturales, veremos que, según las Escrituras, los ángeles piensan y discurren, pero jamás discurren, porque se encuentra ya en posesión de la verdad. Cuando más harán lentas y sabias rondas por el paraíso, hablando sosegadamente de las virtudes teologales. Únicamente al hombre pues, le está reservado el derecho de discutir, porque solamente para él es un placer indescriptible el no ponerse de acuerdo


Si bien la discusión rechaza por principio la idea de método o de orden, suelen darse en ella ciertas constantes, a veces con tanta necesidad, que podrían formularse las leyes generales de la discusión Hay una, sobre todo, que parece esencial, y es la "ley del dinamismo". Toda discusión repudia el estancamiento y como una bola de nieve va girando y envolviendo otros temas hasta que se pierde la memoria de su origen Asistí hace poco a una discusión muy ilustrativa en este sentido. Participaban en ella cuatro personas. El tema debatido era "la idea del hombre" en la cultura griega. Tres horas más tarde, los polemistas, con la garganta destrozada: discutían rabiosamente sobre motores de automóviles. ¿Por qué tortuosos senderos se había desviado la discusión ¿Cómo era posible que de un tema tan elevado se desembocará en un tópico tan prosaico? Esta derivación parece un enigma, sin embargo: si hasta el final los protagonistas no se percatan de ello fue porque las transiciones habían sido rigurosamente lógicas. Una segunda ley de las discusiones sería, pues, la de "las transiciones lógicas". Toda discusión es no solamente un proceso dinámico, sino que este proceso se realiza según una a cición lógica de ideas discernible a posteriori. Podría definir la discusión como "el desorden lógicamente encadenado".


Hasta ahora, sin embargo, no he pasado a demostrar mi afirmación inicial de la inutilidad de las discusiones. Habría que señalar, en principio, cuál es la finalidad de una discusión y ver si esta se cumple La discusión surge, es ocioso repetirlo, del desacuerdo sobre un punto cualquiera, sea éste la vigencia de un sistema filosófico o la bondad de una marca de cigarrillos. Surgido el desacuerdo, las partes tratan de afirmar su posición, de defender su tesis. Si la discusión se limitara a esto, no dudo que cumpliría su cometido. Pero los contendores son más ambiciosos y lo que en realidad se proponen es eliminar el desacuerdo median de la reducción de uno de los contrarios. Y esto precisamente es lo que jamás se realiza por dos razones fundamentales: En primer lugar, por la imperfección del aparato mental del hombre y su incapacidad para alcanzar verdades absolutas. A. do argumento se le puede oponer siempre un argumento igualmente válido: A todo dato histórico utilizado en apoyo de una tesis se enfrenta otro que prueba lo contrario El más brillante silogismo es abatido por una simple paradoja. Thomas Mann había advertido con mucha agudeza este fenómeno. En La Montaña Mágica Naphta y Settembrini se pasan discutiendo muchos cientos de páginas sin lograrse convencer. La discusión que podría teóricamente prolongarse hasta el infinito- termina con el suicidio de Naphta, lo cual es un detalle profundamente simbólico


Otra razón que hace inútiles las discusiones, es la enorme vanidad intelectual del hombre. Es corriente admitir en el prójimo una mayor belleza física, una mayor fortaleza, una mayor elegancia, pero lo que no admitiremos jamás será una mayor inteligencia. Hay un miedo pánico en aceptar un argumento contrario como si esto implicara una forma de sojuzga miento intelectual mucho más humillante que la opresión física Si Aristóteles Spinoza y Kant -hipótesis caprichosa- se encontraran en un momento ideal, asistiríamos consternados a un espectáculo monstruoso de incomprensión humana. Aristóteles trataría de probar que las cosas que vemos existen realmente: Kant lo atacaría a golpes de "noumeno", mientras que Spinoza no admitiría que le quitaran una sola pluma a su vistosa concepción panteísta del universo.


Todo lo enunciado no impide que la historia de la humanidad pueda considerarse como un encadenamiento sutil de discusiones. Discutían los escribas egipcios, discutían los sofistas griegos, discutían los juristas romanos, discutían los escolásticos medioevales, discutían los humanistas del Renacimiento y en la actualidad, en las Repúblicas democráticas, qué cosa es el Parlamento si no el derecho a la discusión elevado a la dignidad del Poder del Estado. Parece, pues, que la discusión está profunda mente ligada a la marcha de la historia y a la idea de progreso Y es curioso constatar que aquellas instituciones aquellos sis y aquellas épocas en las cuales la historia parece detenerse son precisamente las que han tratado de abolir el derecho a la discusión. En la Edad Media la Iglesia combatía a los herejes con la hoguera, en el sistema feudal los caballeros imponían con la espada la legitimidad de sus pensamientos y en los regímenes totalitarios son conocidos los métodos de represión empleados contra los discrepantes 


Si de la discusión no surge la luz por lo menos nace el movimiento Naturalmente que sería interesante determinar si no convendría más el reposo Pero esta alternativa es ya materia de una discusión


Diario "El Comercio" Lima, 9 de junio de 1957 - La caza sutil