Surf - Julio Ramón Ribeyro (cuento)

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Surf  - Julio Ramón Ribeyro

Lo primero que hizo Bernardo cuando se instaló en su nuevo departamento en el sexto y último piso de ese edificio barranquino fue colocar su escritorio cerca de la amplia mampara que daba sobre una pequeña terraza, de modo que a través de sus cristales podía contemplar el mar y gozar en las tardes de las admirables puestas de sol. Ese lugar, apenas estudio más que departamento, era el espacio soñado, buscado y al fin encontrado donde, al bordear la sesentena, pensaba concluir apaciblemente su vida, escribiendo el libro que le era indispensable para que su obra, apreciada por unos pocos, pero ignorada por el vulgo, alcanzara el reconocimiento unánime que, a su juicio, merecía.

Que merecía ese reconocimiento era solo un anhelo de ardo, menos aún, una hipótesis. ¿Quién puede predecir, se preguntaba a menudo, el destino de una obra? Libros ensalzados, aclamados, premiados, podían terminar años más tarde tirados a la y o vendidos al peso con periódicos viejos, sin dejar rastros en a de nadie. 


Otros, en cambio, desapercibidos en su tiempo, tenían la virtud de resurgir al cabo de decenios y gozar del fervor de las generaciones futuras. Un libro, como a veces pensaba Bernardo, mensaje en una botella lanzada al mar: la botella podía irse a pique para siempre o encallar o y secreto viaje en una playa desierta, donde alguien revelar al mundo el esplendor de su contenido. Pero la hipótesis de Bernardo fue haciéndose cada vez ello contribuyó el mal tiempo, pues había...



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