Surf (2-2) - Julio Ramón Ribeyro (cuento completo) - Julio Ramón Ribeyro

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Surf (2-2) - Julio Ramón Ribeyro (cuento completo)

 


Muchas veces, en medio de estas reuniones, se escuchaba estallar una bomba y luego las sirenas de carros de Policía y de bomberos que acudían al lugar de los hechos, pero Bernardo recomendaba a sus invitados calma y ordenaba la continuación de la fiesta. Y no dejaba de recordarles entonces que durante la Revolución francesa, de lena Época de Terror, se seguían representando con teatro lleno comedias pastoriles y que en la Florencia asolada por la peste, según Boccaccio, se celebraba en los palacios jubilosas veladas, donde los escasos sobrevivientes se Entretenían contando historias licenciosas.


Peligro y placer eran complementarios, se decía Bernardo, y nadie trataba de disfrutar más que quienes se planteaban dudas sobre su suerte de mañan, al poco tiempo, sin emba, se sintio hastiado y fatigado de esta vida agitada y libertina. Ella le habia deparado momentos de grata compañía y placeres concretos gracias a una que otra aventura con muchachas que pusieron a prueba su viridad ya declinante con resultados pasabalemnet alagueños. Pero aparte de ello no haba retirado de esa vida nada de durardero o de precioso que enriqueciera su espíritu o estimulara su imaginación. Ma bien se sentía empobrecido y defraudado. Darse un «empacho de vivencias», como él llamó a ese periodo en que buscó el contacto con los demás y la experiencia directa de la vida, le había resultado tan infructuoso como el tiempo que pasó solo en su estudio barajando ideas. Para escribir, en su caso, no era el mejor recurso partir del ejercicio de la razón ni de la práctica de la pasión, sino de alguna otra estratagema que aún no vislumbraba.

Decidió entonces volver a cerrar su casa, recluirse y «descender al pozo profundo de su alma», confiado de hallar allí rica materia aresorada por su memoria. Pero a los pocos días tuvo que ascender del pozo, pues lo encontró sumamente aburrido. No descubrió más que las escorias banales de toda vida y que eran el tema gastado de toda autobiografía: infancia, amores juveniles, viajes, lecturas, enfermedades, etc. Todo eso le sonaba a un viejo disco escuchado hasta la saciedad. 

Esta nueva decepción estuvo a punto de sumirlo en la melancolía, pero por fortuna había empezado el buen tiempo. Mediaba la primavera, de modo que la niebla matinal se disipaba antes del mediodía y en las tardes lucía un sol aún tibio, pero que le permitía sentarse en la terraza para contemplar el paisaje. Desde su sillona podía ver toda la bahía de Lima, desde el Morro Solar hasta La Punta, sus secos acantilados, sus playas y espigones y sobre todo el mar, tan pronto calmo como agitado por incesantes olas que barrían la costa pedregosa, Y al atardecer, los crepúsculos, A fuerza de observarlos y compararlos distinguió en ellos familias y establecio bleció todo un catálogo que resumió, como los misterios del Santo Rosario, en tres títulos: los gozosos, los gloriosos y los dolorosos. Estos últimos eran los que más lo conmovían, pues lo colores dominantes eran el violeta, el malva y el gris oscuro, lo que impregnaba todo el poniente de un aura de tristeza y de naufragio, que eran como un apólogo acerca de la caducidad de la vida.

Descartó así ideas, vivencias y recuerdos, de los que nada había obtenido, para dedicarse desde su terraza al simple placer de la contemplación, A fines de la primavera las playas comenzaron a poblarse de tablistas y de precoses veraneantes que afrontaban las aguas aún frías del océano. Poco a poco su número fue en aumento y el malecón se fue inundando de jóvenes que solos, en parejas o grupos convergían hacia las empinadas escalinatas que, zigzagueando por el acantilado, llevaban a la playa. Y esta se convirtió de pronto en un hormiguero de bañistas tendidos en la arena o zambulléndose en el mar y de cuya abigarrada masa subía hasta su terraza un incesante clamor. ¡El verano había al fin llegado! Con sus prismáticos, Bernardo observaba a veces los juegos, ejercicios y devaneos de los bañistas. Podía distinguir lindas muchachas soleándose tendidas en sus toallas; mozos que se paseaban orondos mostrando su musculatura; niños que corrían por la orilla del mar o hacían castillos de arena; vendedores ambulantes que vendían barquillos o refrescos. El espectáculo no era en sí apasionante, pero al menos lo entretenía y le permitía disfrutar, aunque fuese a la distancia y vicariamente, de los placeres de la temporada estival.

Pero eso no era suficiente para arrancarlo del estado de vacuidad en que vivía, sin estímulos para escribir ni ganas de hacer algo quedespertara este estímulo. Hasta que su atención se concentró en los tablistas. Al comenzar era solo una decena los que se internaban en el mar tendidos sobre sus tablas, remando con los brazo, hasta alejarse unos doscientos metros de la orilla. Alli agauardaban la ola que los impuldaria hacia la playa en el equilibrio sobre sus fragiles instrumentos. Pero al mediar el verano eran ya una cincuentena. Algunos venían caminando en ropa de baño con su tabla bajo el brazo desde barrios populares. Otros descendían en automóvil hasta la vía asfaltada que bordeaba la playa. El placer de practicar este deporte abolía las diferencias sociales. Formaban una especie de secta fanática entregada a un ejercicio fatigoso y aparentemente monótono, pues estaba basado en la repetición, pero también en la búsqueda del deslizamiento perfecto. Algunos lograban coger la ola, otros se caían a medio camino y eran pocos los que erguidos con los brazos abiertos sobre su tabla llegaban invictos hasta la orilla.

Esta visión le recordó a Bernardo sus días de juventud cuando con sus amigos «corrían olas» como los tablistas de hoy, pero sin tablas. Se corrían las olas «a pecho», como se decía entonces. El cuerpo reemplazaba a la tabla. Unos las corrían con la cabeza hundida entre los brazos extendidos hacia adelante, otros con los brazos pegados al cuerpo y la mandíbula erguida como una proa.

Era cuestión de estilo. Y si se cogía una buena ola se podía avanzar como un bólido, empujado por la masa de agua, hasta encallar en la playa pedregosa, muy cerca de las piernas de las bellas muchachas miraflorinas. Bernardo nunca fue muy ducho en este arte, que abandonó cuando aparecieron las primeras tablas, enormes al comienzo, más pequeñas y livianas luego, y el correr olas se convirtió en una práctica más compleja y en un deporte oficial. Con el paso de los años dejó de interesarse por este entretenimiento. Pero ahora, al contemplar desde su terraza la obstinación, la temeridad y el gozo de los jóvenes tablistas, quedó fascinado y renació en él su pasión juvenil y el deseo de imitarlos. Ellos intentaban como él. Pero por otros medios, realizar un acto estelar, escribir la página perfecta. Imaginaba coger una ola muy lejos de la orilla y avanzar hacia ella triunfal sobre su tabla, con los brazos en “alto, como un gladiador victorioso de un duro y fatigoso combate. Empezó por comprarse una tabla, pero lanzarse a su edad, en pleno día, con su ya gastado cuerpo y su inexperiencia, al lado de tan briosos tritones, expuesto a la mirada irónica y a las mofas de los bañistas, le pareció inaceptable Por ello decidió bajar a la playa muy de mañana, cuando aun no aparecian veranenates. El agua estaba fria y la playa desierta. Echado sobre su tabla entraba hasta unos cincuenta metros, afrontando los primeros tumbos, y allí aguardaba a los siguientes, tratando de ponerse de pie cuando viniera el bueno

E intentar que lo remolcara hasta la orilla. A fuerza de insistir logró algunos deslizamientos, pero Cortos, como pequeñas frases en un párrafo inconcluso. Pero al mediar el verano había progresado. A menudo fallaba la ola o se caía a medio camino, pero cada vez tenía la impresión de que terminaría por llegar a la orilla. Por desgracia, la playa que usaba, su playa, carecía de olas grandes e impetuosas, de aquellas que había visto en fotos o documentales transportando en su cresta, veloces como flechas, a jóvenes e indómitos tablistas. En el extenso litoral del país se daban esas olas y el lugar más cercano quedaba a unos cuarenta kilómetros al sur: Punta Rocas. Bernardo decidió ¡probar su suerte en esa playa.

Un amigo tenía una casa allí y se la cedió al fin de la temporada. Una casa a medio terminar, pero donde mal que bien 'pudo instalarse. Las olas eran magníficas, sobre todo en el extremo "norte, cerca de un promontorio rocoso, donde decenas de tablistas se ejercitaban desde muy temprano. Por ello es que Bernardo renunció a sus prácticas matinales y prefirió hacerlas al anochecer, cuando los delfines fatigados caían en brazos de sus amigas y el resto de los veraneantes retornaban a sus casas o se solazaban en bares o discotecas. La playa quedaba desierta,

La primera vez, que coincidió con un crepúsculo glorioso, donde afrontó las aguas con temor, pues las olas, vistas cara a cara ¡desde la orilla, le parecieron gigantescas. Algunas llegaban olas espumosas, y Bernardo sufrió repetidos revolcones, y teminaba despatarramado a la playa. Pero con la práctica termino por internarse en la mar oscura. Desde allí, sentado las aguardaba la buena ola, veía las luces de las suya entre ellas, con su segundo piso a medio los, como su libro abandonado. Dios mío, se preguntaba por memnots¡estare condenado a dejar todo a la mitad, sin poder concluir lo que empredo? llegado el primer tumbo se encaramaba en su tabla, con las rodilla flexionadas y los brazos abiertos, y se dejaba llevar por el, pero rara vez lograba avanzar más de una decena de metros. Infaliblemente perdía el equilibrio y se hundía en las aguas frías.

Tanto se repitió este escenario que abandonó sus tentativas para recluirse en su casa prestada y rumiar solitariamente su fracaso. Estuvo tentado de renunciar a su empeño, pero la sola idea de retornar a su departamento barranquino y enfrentarse a su manuscrito incipiente lo aterraba más que el mar turbulento. Pasó varios días de estival ocioso y anónimo, soleándose durante horas en una playa que, como terminaba el verano, se iba desplomando.

Pronto no quedarían allí sino los reducribles tablistas o los viejos puntarroquinos que habían establecido allí su domicilio. Luego de unos días de mar calma surgió la luna llena y las olas recobraron su brío. Bernardo las veía formarse muy adentro, crecer conforme avanzaban, encorvarse y proseguir su arrolladora carrera hasta reventar ruidosamente en un jubileo de espuma. Esas eran olas que él esperaba. En ellas encontraría la inspiración y la energía que podían llevarlo a su meta. Y un atardecer cogió su tabla y se internó en el mar, acompañado por un crepúsculo doloroso, pues malvas y morados se desvanecían en el poniente. Intrépidamente afrontó los primeros tumbos y los fue salvando uno tras otro hasta alejarse a unos trescientos metros de la orilla. Ello le pareció poco y continuó internándose, hasta divisar toda la ensenada de Punta Rocas y detrás las lomas arenosas y las lucecitas de los autos que
rían la Panamericana. Allí esperó largo rato, hasta que al fin la venir. Era como una muralla más oscura que la mar oscura, que hacia él poderosamente y que parecía decirle «Cógeme, yo a que esperabas, conmigo podrás realizar tu sueño». Bernardo en su tabla, con la cabeza vuelta hacia atrás, sintió que depositaba en su cresta y pronto se dio cuenta, en medio de ina indecible felicidad, de que esa ola lo conducía sin perder el equilibrio, cada vez mas aceleradamente, bajo la luz lunar que iluminaba los arrecifes, hacia la eternidad.


Barranco, 26 de julio de 1994