"Amo esta foto con él porque a su lado no soy nadie, soy el practicante invisible, un N.N. un opaco personaje escrito por él". - Beto Ortiz - Julio Ramón Ribeyro

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"Amo esta foto con él porque a su lado no soy nadie, soy el practicante invisible, un N.N. un opaco personaje escrito por él". - Beto Ortiz



Era diciembre de 1992.


En la reunión de redacción de Caretas se discutía quiénes debían ser los premios de resistencia del año. No cualquiera era merecedor de semejante honor. En aquellos días se premiaba, por ejemplo, a policías que habían quedado discapacitados desactivando bombas o al misionero Mariano Gagnon por quedarse al lado del pueblo ashaninka durante su implacable lucha contra Sendero. Eran tiempos peores que -como ocurre siempre- producían hombres mejores. Pocos daban la talla y la mayoría de propuestas eran desdeñadas por el director. Yo, que era un redactor relativamente novel, osé levantar la mano y propuse a Julio Ramón Ribeyro.


1992 había sido su año de gloria. Había regresado después de muchos años al Perú a sacarle el jugo, a lo que, él sabía bien, era el último tramo de su vida. La presentación de "La Palabra del Mudo" en la Municipalidad de Miraflores había sido apoteósica. Cientos de lectores, en su mayoría jóvenes, se habían quedado sin poder entrar y habían armado una especie de mitin en los exteriores coreando alegres consignas: ¡Olé,olé,olé: Julio Ramón, Julio Ramón!


Ribeyro, aquel escritor que siempre pasaba desapercibido, aquel que -según Bryce-prefería entrar a las reuniones por la puerta falsa porque la principal siempre era para Vargas Llosa- estaba tan conmovido, tan dichoso, tan atónito de ser tratado como la mega estrella que es, que se animó a salir a dar un balconazo y fue ovacionado a gritos, como un rock star.


En el viejo local de Caretas en el jirón Camaná, Enrique Zileri dijo que sí a mi propuesta, Julio Ramón se merecía con creces ser Premio de Resistencia 1992. Una muda ovación estalló dentro de mí. Como había sido mi idea, la comisión era mía de antemano. Por fin iba a poder conocerlo en persona.


A la mañana siguiente llegué con mi libreta llenecita de citas de cuentos suyos a la soleada terraza del depita de Barranco con vista al mar que se acababa de comprar. Adentro, Ribeyro charlaba animadamente con sus amigos Fernando Ampuero, Willy Niño de Guzmán y Alfredo Pita. Mi llegada interrumpió la tertulia y arruinó un poco el ambiente festivo. Julio Ramón se puso de pie y me ofreció su mano de dedos largos y huesudos que recuerdo haberme quedado contemplando mientras me decía: Y pensar que esos dedos han escrito tanta belleza.


Mi entrevista fue breve, torpe, titubeante, peor que eso: tartamuda.


Sus respuestas eran cortas y mis repreguntas, previsibles y morosas. A él le daba un poco de vergüenza que lo hubieran elegido para premiarlo porque no entendía por qué. Yo me limitaba a sudar a chorros en mi polito trinquete de Monalisa. Estaba absolutamente abrumado. Los monosílabos que registró el cassette casi no me sirvieron para nada. Apenas si pude escribir un recuadrito del que hoy no recordaría ni una palabra, si no fuera porque Daniel Titinger, en "Un hombre flaco", su hermoso y polifónico retrato del gran narrador, me cita generosamente:


"Ribeyro es el silencioso narrador de los grandes hombres pequeños, de los grises, de los puros, de los tristes".


Descripción esta que también podría haber escrito solo leyéndolo, sin haberlo conocido y que revela que no logré sacarle nada nuevo al entrevistado de mis sueños. Lo más probable es que conocerlo, darle la mano, estar unos minutos a su costado y que me caiga en la cara un poco del humo de su cigarro fuera más que suficiente para mí.


Ni siquiera me atreví a portarme como fan y pedirle una foto conmigo. Apenas si me acolleré tímidamente en la foto en la que posa abrazado por Alfredo Pita. Me arrimé con tanto disimulo que Ribeyro ni siquiera se percató de que yo estaba parado allí.


Amo esta foto con él porque a su lado no soy nadie, soy el practicante invisible, un N.N. un opaco personaje escrito por él.


Con nadie me pasó jamás nada parecido.


Sentí que había entrevistado a un dios.


Beto Ortiz