Se fumaron al Flaco - Fernando Ampuero

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¿Se robaron a Julio Ramón? Y la vida, de hecho, lo despidió así, con ironía, con una ligera sonrisa; es decir, la actitud que él tantas veces confiriera a sus personajes. Yo aún tengo fresco en la memoria el día en que, desde México, una voz amiga le anunció el consagratorio premio Juan Rulfo, reconocimiento que alegró mucho a Julio, pero que él no alcanzaría a recibir personalmente, pues se murió a las pocas semanas de la ceremonia de entrega. 


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Julio me había llamado para darme la noticia, pidiéndome que la mantuviéramos en privado; hablamos del dinero (sus buenos cien mil dólares), hablamos una vez más del bote a vela que íbamos a comprar y que nunca compramos, y, en fin, quedamos en vernos esa noche. Nos fuimos, junto con Anita Chávez, su compañera de entonces, a tomar unas copas a La Rosa Náutica, ese hermoso restaurante sobre el mar miraflorino. Por esos días solíamos probar suerte en la ruleta de los casinos, y justamente La Rosa Náutica había estrenado no hacía mucho un casino propio. Y, bueno, Julio Ramón estuvo de suerte aquel día; no solo se enteró del premio literario, sino que además ganó en la ruleta. Ganó cerca de 3 mil dólares. Y en consecuencia, a los pocos días apareció un 17 escultor, enviado por los organizadores del premio Juan Rulfo, hoy premio FIL, para hacerle fotografías (las hizo mientras almorzábamos en Barranco, en el restaurante del Negro Flores, que ya no existe); basado en ellas, modelaría y fundiría en bronce su busto, el tradicional busto de autor laureado por el Rulfo. 


Meses después, tras la muerte de Julio, enviaron a Lima una copia de ese busto, que, gracias a la gestión de su viuda, Alida de Ribeyro, iría a coronar el céntrico pedestal del segundo óvalo de la alameda Pardo, en Miraflores, el barrio de Julio de casi toda la vida, donde pasó parte de su infancia y adolescencia, y donde en cosa de meses se rindió honor a su talento literario, dedicándole ese parque para la posteridad. 


¿Y dónde está lo raro en esta historia? Lo raro y lo divertido de este asunto —estoy seguro de que Julio aún se estará riendo donde quiera que ahora se encuentre—, es que en menos de una semana su busto fue robado por unos ‘fumones’; según la policía, lo robaron para vender el bronce al peso y con el dinero de la venta comprar la droga que los ayudaría a seguir huyendo de este mundo. Parece un final de cuento ribeyriano, y, en efecto, lo es. Un final con su atmósfera de sorpresa y desencanto, con su impasible encogida de hombros, con su resignada frustración y silencio. 


Ahora han puesto en ese parque una réplica de su busto, pero hecha en cemento pintado de color bronce, para que no se lo roben otra vez, o para que no acabe fraccionado y fundido en el suelo de un callejón por unos pobres chicos que a lo mejor jamás supieron quién era Ribeyro, ni que significaba aquello del realismo urbano en la literatura peruana, pero a quienes le correspondía su parte de herencia de la palabra del mudo.

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