Cucharas y cucharitas de hospital (anécdota) - Fernando Ampuero - Julio Ramón Ribeyro

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Cucharas y cucharitas de hospital (anécdota) - Fernando Ampuero


Cucharas y cucharitas de hospital 


Cosa rara, y a la vez intensamente dramática, fue asimismo lo que le sucedió varios años después en un hospital público de Francia. Julio Ramón, quien por entonces se veía como un hombre sumamente delgado —el más flaco entre los flacos—, era un paciente que convalecía de una operación de cáncer al estómago. Su estado era grave y los médicos no tenían mayores esperanzas, razón por la cual lo destinaron a la sala común del hospital. Esa sala, llamada también la sala de los desahuciados, era peligrosa. Allí les ponían el biombo a los enfermos; es decir, los separaban o cubrían para que el resto de pacientes no vieran su agonía. 


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De manera que, si un paciente anhelaba curarse, debía salir de la sala común. Pero para conseguir tal propósito, y para acceder a otra sala donde los médicos proporcionaban mejores cuidados y alimentos, era imprescindible dar muestras de recuperación. El flaco Ribeyro advirtió entonces que su vida dependía de su peso; debía de ganar peso. Todos los días pesaban a los pacientes de la sala común, y aquellos que subían eran los candidatos a la mudanza, los que merecían la sonrisa de aprobación de los médicos y enfermeras. Ganar peso era el pasaporte para trasladarse a una sala especial, lejos de la desesperanza, lejos del moridero. 


Así pues, Julio Ramón, en su empeño por ganar peso, comenzó a robar metódicamente las cucharas y cucharitas de las bandejas de otros pacientes; con gran disimulo, las ocultaba en los bolsillos de su piyama y su bata. Y, con ese peso adicional, se pesaba. Vivía la hora de la balanza con el suspenso de una película de Hitchcock. “Fueron momentos de gran tensión y autocontrol”, me dijo, “en las que debía ingeniármelas para que nadie se diera cuenta de que el peso que ganaba cada día no eran gramos de grasa y músculo, sino de cucharas y cucharitas”. Ese peso ficticio le salvó la vida y le permitió acceder a su anhelada sala especial, donde se alimentó mejor y, gracias a ello, mejoró su salud y vivió veinte años más. 


Fuera de ser una excepcional circunstancia biográfica, esta anécdota de las cucharas constituye una típica situación ribeyriana. Julio Ramón, en ocasiones un ser ingrávido y apocado como los personajes de sus cuentos, sufrió en carne propia el trance de acercarse al abismo, y optó por echar una mirada hacia abajo. Esa mirada fue comprensiva e irónica, como la que nos entrega su obra literaria. Él pensaba que, frente a los embates de la vida, en los que tantas veces se nos pone a prueba, había que responder con igual coraje y serenidad: desenvainando una sonrisa de esgrimista.


Por Fernando Ampuero